miércoles, 21 de marzo de 2012

El cáncer de mi empresa se llama Pepe.

A Antonio F. que me hace picarme y hacerlo mejor...


Es increíble lo que un cáncer de equipo es capaz de hacer. Definamos cáncer de equipo: es esa persona que mina un equipo, ese que siempre anda cotilleando, malmetiendo o quemando voluntades, coge a la gente, la exprime y consigue sacarle todo su “juguillo” de voluntariedad y buenas intenciones. El resultado es una desmotivación total por parte de quien le ha regalado minutos de sus oídos.

Analicemos a este tipo. Normalmente suele ser poco proactivo, salvo para quejarse constantemente, actividad en la que invierte el 80% de su tiempo, suele criticar a la persona constante y positiva, del que suele decir que “vive en los mundos de Yupi”, “no sabe lo que realmente pasa en esta compañía” o “es directamente un pelota”. Lo que realmente le pasa con el optimista es que éste evidencia más su incompetencia.

Lo mejor de todo es que su productividad suele ser muy baja, de hecho no cubre ni su propio salario, pero la crisis le ha venido de perlas y está amparado en “es que con la que está cayendo, por no venderse, no se vende ni el pan”. Espera seguir así un par de añitos más, luego se refugiará en la competencia asiática o en dios sabe qué excusa. Cuando la verdadera excusa es que lo que quiere conservar es un puesto cuasi vitalicio sin dar un palo al agua y en muchas ocasiones tres veces mejor pagado de lo que merecería. Otra cosa que me sorprende es cómo una persona puede pasar horas y horas sin hacer nada y no agobiarse, o no terminar pensando en las focas de Groenlandia. Pero eso es ya otro tema.


Prosigamos: no sólo contento con su actitud de vagueo, trata de “contagiar” esto al resto del equipo que, poco a poco, va cayendo o, al menos, algunos de ellos. No llegan al mismo nivel de improductividad porque esto es personal, pero sí lo bajan.


En resumen, en un tiempo se instala un clima de desidia y “mal rollismo” bastante profundo. Ohhhh nooooo, ha picado a mucha gente…


Tengo ahora mismo un proyecto en el que hay uno de estos entre ocho personas. El individuo está constantemente hablando de lo mal que va el país, cuando su empresa ha experimentado un crecimiento vertiginoso. Empezaron siendo 13 y hoy, 10 años después, son 153. No tienen rotación, preven este año contratar al menos a 11 personas más. No está nada mal. Ya lo quisieran muchos.

El tipo cobra unos 70000 al año, me da igual neto que bruto, porque, esto sí, con la que está cayendo, es una pasta. Más coche. Más seguro médico. Más dietas.

El año pasado produjo 15000 euros para su empresa. No digo más. Y este año va por el mismo camino. O peor.

Lo peor de todo es que es un hombre válido, sabe de lo que habla, tiene idiomas, buenos estudios y en sus primeros años, fue un hacha. Está claramente dentro de su zona de confort, ha llegado a su techo de aprendizaje y no se siente motivado. Es un “cáncer” derivado de la mala gestión de su carrera profesional.

“¿No podríamos reubicarlo?” – “No”.

“¿Despedirle?” - “no, esta empresa le debe mucho, hace 13 años creyó en este proyecto y se lo debemos”.

“¿Cuántos años tiene?” – “40”.

“¿40? ¿25 años más de castigo?”

Y cuando digo esto, castigo, no pienso en la empresa, sino en él. ¿25 años más sin hacer nada? ¿quejándose? ¿siendo cada día, más y más incompetente?...


¿No sería mejor reubicarle? ¿No sería mejor pagarle lo que se le debe y sacarle de esa zona en la que está, un claro confort peligroso? Si tanto se le debe, creo que por pura deuda, algo habría que hacer. Despídelo, alguien tan válido, con ese currículum y esa edad, no va a tener problemas y seguro que con el tiempo se da cuenta de que es lo mejor que le podía haber pasado. Quizá quiera dedicarse a otra cosa, trabajar en otra empresa, montar algo por su cuenta, donde se sienta motivado, desarrollado profesional y laboralmente y en constante crecimiento. Quizá no se atreva a hacerlo “por la que está cayendo”, quizá sólo necesita un empujón.


Ahí lo dejo.

Diana