A Miguel y a todos los migueles...
Últimamente, con esto de la crisis, encontramos a muchas
personas de 45 a 55 años en el paro. Están literalmente acojonadas porque, si
ya resulta complicado encontrar un trabajo, a determinadas edades cuesta aún
más.
Con 48 ó 50 años una persona con trayectoria laboral, se
encuentra en un momento estupendo, es un profesional, sabe mucho de lo suyo,
tiene contactos (networking que se llama ahora), conoce el mercado, la
competencia y mil cosas más que ni siquiera él/ella es consciente de que sabe.
Sobre el papel, es un activo increíble para cualquier compañía. Sobre el papel.
La realidad es otra, con 50 años, para muchas cosas eres
mayor. El otro día, estuve hablando con un hombre de esta edad, que
desgraciadamente se veía en el paro. Le había pagado el despido pero en el
paro. Su bolsillo no estaba minado, un buen finiquito y punto. La empresa había
quedado bien con él. Lo que si estaba minado era su auto-confianza:
-
“Joder Diana, ¿qué hago yo sin hacer nada?
¿estoy ya obligado a las vacaciones indefinidas? ¿me hago “viejo” en un par de
semanas?.
-
Pero tú no eres viejo Miguel…
-
Ya, no me siento así, pero es como si me tuviese
que sentir así… ahora por las mañanas ¿qué hago? ¿me voy al parque? A mi me
gusta la vida laboral, a mi, lo que me gusta es producir. Yo soy un tío
productivo.
-
¿Y buscar otro curro? – pregunté-.
-
Pues en eso estoy, pero la edad me mata, soy
joven para jubilarme, ¡jubilarme!
Cómo suena eso Dios… ¡y mayor para trabajar! ¡mayor! ¡y aún me quedan 15
estupendos y productivos años de vida laboral! Además he hecho una prueba, he
mandado currículos sin fecha de nacimiento… a ver qué pasaba… y en cuanto me
han visto… ¡te puedes imaginar!
-
¿Algo por tu cuenta? ¿invertir tu dinero en algo
tuyo?
-
Eso estaba pensando, ya lo he hablado con mis
hijos, además uno de ellos también está en el paro, montar algo, ahora tengo que pensar qué es ese algo…
Y en esas estamos, no sólo gente joven está sin trabajo, también
gente en edad intermedia…
Una vez, cuando vivía en Hong Kong, conocí a una japonesa,
Nomi, que tocaba los timbales, había dejado Japón para extender sus clases y su
arte por otros sitios, y ahora le tocaba Hong Kong. Compartimos un café.
Nuestra conversación se centró en la vocación hacia algo. Me pareció cuanto
menos, curioso, su trabajo, cómo lo había decidido y qué le había impulsado. Me
hizo una pregunta:
-
¿Qué se te daba fenomenal cuando eras una niña?
¿tienes la respuesta? Pues yo creo, firmemente, que esa es tu vocación.
Y ahora ¿qué te parece Miguel, si piensas en qué eras genuinamente
bueno cuando eras pequeño? ¿podríamos empezar por ahí?
Diana