María es una tía muy interesante,
tiene una gran conversación, buena cultura y es encantadora, es una mujer muy
completa. Siempre está cuando la necesitas y siempre la encuentras con una gran
sonrisa. Tiene una familia normal, son tres hermanos, de los cuales ella es la
mediana, y un buen puesto de
trabajo, un trabajo con responsabilidad, tiene un equipo de cinco personas a su
cargo. Además es atractiva y estilosa, un caramelo para cualquiera. Es ese tipo
de mujer que a más de uno le encantaría encontrar y a más de una nos gusta
tener como amiga.
María sufre, y sufre mucho. Siempre se encuentra con el
tipo de hombre que ella viene a llamar “desalmados”, siempre anda incompleta en
lo que a pareja se refiere. Lucha, lucha y lucha y además es ella la
abandonada. Con su última relación, finiquitada hace más de seis meses lo ha
dado todo, lo intentó todo, puso todo y un poco más de su parte, para que
aquello funcionase. Ahora de él no sabe nada. Dicen las malas lenguas, que anda
con otra. A saber.
Cuando María piensa fríamente se
da cuenta de que él no cubría ni un 30% de sus expectativas, no le hacía nada
feliz, se sentía una “mendiga del amor”. Si se planteaba un futuro con él, no
era una visualización clara e incluso se veía a sí misma tremendamente infeliz.
Sus valores no eran, probablemente
6 meses más tarde no son, los que María necesita. Ella cree saber lo que necesita, alquien comprometido,
respetuoso, que valore su persona, que ella valore. Alguien que le dé amor
“gratis”.
María no necesita rogar, no
necesita sentir que pide amor a gritos, no necesita suplicar un “quiéreme”. No
quiere una relación “descafeinada” a largo plazo.
En esta última relación, no ha
sido en la que ha sufrido el peor detalle, hace dos años recuerda que otro
sujeto, con el que se había estado viendo un par de meses, desapareció. Se lo tragó la tierra. Como si se
hubiese muerto. La nada.
Unos mesecitos se pasó, la pobre
María, pensando que había ocurrido, en qué había fallado… pero: “¡qué carajo!
¡este tampoco me llenaba!”. Hasta que el desaparecido regresó, vino a hacer lo
que sus amigas llamaban “un revival”. Quizá en el “revival” sí que iba a cumplir
sus expectativas, quizá en esos meses, el sujeto, se había dado un golpe en la
cabeza y se había transformado en otra persona. Tampoco funcionó. Fue dar pasos
atrás. Más de lo mismo.
María, tiene un buen amigo. Se
llama Antonio, un gran hombre, un hombre profundo, nada simple. Un hombre con
quien tomar un café resulta maravilloso, un hombre que habla con sus manos. A
Antonio, le pasa exactamente lo mismo con las mujeres. “Es inexplicable”,
piensa María. “Ojalá el mundo estuviese lleno de mi amigo Antonio, las mujeres
tendríamos menos problemas”.
¿Qué ocurre con María? ¿Y con
Antonio? ¿qué sucede para que siempre se encuentre con “desalmados”? ¿por qué
comienza una historia sabiendo que no tiene futuro? Me pregunto si María
empezaría algo con alguien sabiendo que, este sí, puede ser la persona de su
vida… o por el contrario se haría autosabotaje. Entonces ¿qué es? ¿miedo al éxito?
Y no sólo esto, ¿qué ocurre para
que se produzca este apego? ¿por qué existe el enganche cuando no existe el
enamoramiento? Resulta, cuanto menos,
curioso saber el motivo que nos lleva a pensar hasta reventar en una
relación que no funcionaba, en una situación que nos conduce a la infelicidad y
en una persona que visto de manera objetiva, no colma nuestras expectativas.
Quizá a otras personas si, pero a nosotros, que somos quienes importamos en
esto, no. No hablamos de ser buena o mala persona sino de que su manera de
querer, no me sirve, a mí no me sirve. Y si no me sirve ¿a qué espero?