jueves, 27 de junio de 2013

CUANDO TU PAREJA ES TU HIJO/A


 A tí.


En un primer momento este post se iba a llamar: “Tener una pareja o tener un hijo/a”, pero parecía que se trataba de poner al lector ante la disyuntiva de elegir si una cosa  o la otra. Y de esto no va la cosa.

Seguro que todos tenemos alrededor un ejemplo de esto que quiero comentar, o incluso somos nosotros mismos.
Este tema se me empezó a pasar por la cabeza, cuando hace unos años, leí “Las mujeres que aman demasiado” de Robin Norwood, trata sobre los efectos que causa tener parejas con dependencias, pero no los efectos sobre los dependientes, sino sobre las parejas que acompañan a estas personas. Creo que esto podríamos llevarlo a otro nivel, no tan relacionado con las toxicomanías.

Hay parejas que están compuestas por un padre/madre y un hijo/a, es decir, a veces un chico se empareja con una chica que tiene papel de hija; una mujer dependiente, que necesita consejo todo el rato, que necesita ser cuidada, saber que alguien fuerte y “que sabe” está ahí para guiar su camino. La pregunta es: ¿quién es este padre o madre? ¿por qué realiza esta función?

Vamos a centrarnos en esta figura, en la persona que ejerce de progenitor ¿qué le lleva a necesitar este papel? Creo que podríamos enfocarlo a la necesidad de sentirse imprescindible, o repitiendo el propio concepto “la necesidad de sentirse necesario”.
Este tipo de personas, sólo entienden la pareja cuando ésta, necesita constantemente del otro, si esto no se da, no se sienten necesarios, queridos, ni valorados. Se sienten fácilmente reemplazables.

Recuerdo el caso de Ignacio, un chico fantástico que empezó a salir con una chica con unos problemas personales de gran envergadura, Esther iba a terapia debido a una familia desestructurada por la desgracia y su terapia iba acompañada de medicación, Ignacio hacia de padre de Esther, apuntaba sus horas “de pastilla”, sus citas con el terapeuta, gestionaba sus bajones, apaciguaba sus alegrías y era muy común escucharle decir:

-       “Estheeeeeeeer que eso no te convine…”

El comentario, no es dañino en si mismo. El problema de este comentario era que lo hacía, incluso, cuando ella estaba disfrutando de algo.

Pero hubo un día  en el que Esther empezó a mejorar, dejó de tomar medicación, de ir a terapia, consiguió la paz y la estabilidad ansiada. E Ignacio ya no le servía, él no hacía más que recordarle sus malos años, su abismo. Incluso de vez en cuando le escuchaba decir: “aún no cantes victoria, que lo has pasado muy mal…” Esther comenzó a sentir que con Ignacio y su anclaje en el pasado no podría evolucionar.
Así que le dejó. Y se buscó a otro, otro que no le recordaba esos años, años de aprendizaje pero duros, si, y olvidables. Ignacio había sido un salvador, pero ya no le necesitaba. ¿Y él? Él no entendía nada… con todo lo que había hecho por ella… ¿cómo Esther no se daba cuenta de que él era necesario? ¿así le agradecía todo su esfuerzo?
“¡Quiere evolucionar! ¡Conmigo ha evolucionado! ¿no podemos seguir evolucionando? Ya se dará cuenta, cuando recaiga, de que YO era su seguridad…”

¿Es Esther una egoísta? Él ya no le sirve… No lo creo. Simplemente necesitaba pasar por un proceso e Ignacio realizó el papel perfecto…  Un papel por cierto, que nadie le obligó a tomar y que adoptó gustoso por su “necesidad de ser necesario”.
Eso sí, si hablamos de amor de calidad, es otro tema.

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