Nací en los 80, treintaypico años más tarde, considero que
fui una niña feliz y con una infancia muy normal, que se desarrolló hasta los
90. Por entonces nuestra vida social se desarrollaba en el parque o la
urbanización de casa. Teníamos múltiples juegos como “El pañuelito”; hacíamos
dos equipos y uno de nosotros se ponía en el medio, a una distancia
equidistante entre los dos equipos, e iba cantando números que, previamente
distribuidos entre los dos equipos, marcaban la salida de los jugadores. Cuando
uno de los equipos tenía un integrante más, generalmente por ser número par,
uno del equipo se encargaba de defender dos números en vez de uno.
Recuerdo con especial cariño cuando bajábamos
a la calle y nos dividíamos por equipos para, aprovechando las baldosas del
suelo, jugar a “batear”, sin bate; el brazo era el bate. Con normas nuestras
que “a veces” tenían algo de similitud con las del béisbol, pero siempre
respetadas por todos.
Existía también la pídola, la comba, la
goma, la gallinita ciega, el escondite, un-dos-tres carabin-bon-ban, la peonza,
canicas, chapas, etc.
A veces, y desatando las malas pasiones,
los “enemigos”, eran los niños de la urbanización de enfrente o los del “otro
bloque”, y se organizaban batallas campales a base de globazos de agua que, en
ocasiones, hacían daño, cuando te daban en mal sitio. Alguna vez, aunque esté
feo y no fuera lo más recomendable para llevar a cabo, hubo cambio de globos
por piedras, con consecuencias más graves que se saldaban con un cabreo
permanente hacia los de “el otro bloque”, bronca de los padres y unas tiritas.
Paseo por la calle y ya no hay niños, si
bien es cierto que veos niños muy pequeños, en carrito o silla con sus mamás,
sobre las cinco de la tarde, echo de menos esos grupitos de 7 a 13 años,
sentados entre el asiento y el respaldo de un banco, ideando el siguiente juego
para echar la tarde.
Hemos sustituido los grupos de niños y
los juegos, por consolas, televisiones, y smartphones, así que, cuando veo niños, van en parejas o grupos de 3 o 4, mirando cada uno su smartphone; jugando a
algo, descargando aplicaciones, “whatsappeando” o navegando por Internet. Y a
mí me da una pena terrible. Me alegro de haber vivido otra infancia. Una
infancia que me ha dotado de ciertas capacidades.
Mientras tanto las empresas invierten
dinero en formación, de hecho soy facilitadora y, semanalmente, observo los
intereses empresariales que tienen las compañías, para el desarrollo de
habilidades en sus trabajadores: empatía, asertividad, negociación, toma de decisiones,
etc… muchas de las dinámicas que llevo a cabo en estas jornadas son realizadas
por personas de entre 27 y 45 años, personas que tuvieron una infancia muy
parecida a la mía, y que, ante ciertos “role plays” echan mano de recuerdos
infantiles y de estos juegos de grupo que llevábamos a cabo en los 90 y, que hoy,
podrían ser llamados de equipo.
¿Tendrán la misma soltura a los 40 años,
los niños que hoy tienen 10? Porque hoy muchas empresas pagan por enseñar a sus
empleados, lo que muchos pudimos desarrollar a los 10 años y que hoy en día no
se está desarrollando: ¿acaso no es una negociación, obviamente a otra escala,
decidir quien de los integrantes de aquel grupo infantil llevaba más “carga de
trabajo” en el juego del pañuelito? ¿no desarrollábamos la escucha activa?
¿acaso no aprendimos a trabajar en equipo? ¿estrategia con los globazos?
¿confianza en tu equipo?
Las habilidades se pueden aprender,
mejorar y desarrollar a una edad adulta, pero sí que tendremos que invertir más
tiempo y recursos para lograrlo, mientras que en la infancia, forjamos nuestra
personalidad, integramos sin darnos cuenta y aprendemos jugando, que bien es
sabido que es uno de los mejores sistemas de aprendizaje que existen. Si
apagamos los smartphones dotaremos a las siguientes generaciones de habilidades
de liderazgo, tan demandadas y buscadas hoy en día, estaremos ante personas con
una empatía natural y unas dotes para gestionar equipos que afortunadamente no
se adquieren bajando una aplicación.
Reimagínate.
No hay comentarios:
Publicar un comentario